(Este post forma parte de una saga que, como mencioné, será una especie de reseña de mis años pre y universitarios. El post será un poco largo, así que si no tienen ganas de leer sobre mi vida, por favor, ignórenlo).
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Ésta es una historia que me propuse, en su momento, contar cuando ya hubiera egresado de la UNIversidad. Quería contar mi versión, mi vivencia, para que se conozca otra cara de los hechos. Quizá no es la historia oficial, pero es la mía, la de una estudiante común y silvestre de la UNI, ajena a muchas cosas que ocurren y que no llego a comprender. Espero la reciban como lo que es: un testimonio sin tendencias ni juicios, sólo la verdad que yo conozco.
Los setentas
Mis padres, como ya mencioné, son sanmarquinos y estudiaron en la década de 1970. Crecí escuchando sus historias de cómo egresaron mucho después de lo previsto, debido a las contínuas huelgas y protestas por parte de cierto grupo de estudiantes. Esas historias de enfrentamientos entre los estudiantes y la policía, así como años con un sólo semestre de estudio, eran algunos de los factores que mis padres veían como desventaja de una educación superior estatal.
Sin embargo, la UNI, hasta donde ellos sabían, no se caracterizaba por ese tipo de manifestaciones (hasta donde ellos sabían, repito), y pensaban que no iba a a haber mayor complicación en mis estudios.
Repito, hasta donde ellos sabían.
El vehículo volteado
Quiero que se pongan, por un momento, en mi lugar. Una chica educada en un colegio de clase media, de monjas, femenino para colmo, que ha vivido “entre algodones” hasta los 19 años, protegida por sus seres queridos de la violencia, de la pobreza, del dolor. Una chica como yo, en frente de su universidad querida, por la que tanto luchó para ingresar.
Una chica que llega, alegre, al lugar más feliz que conoce en el mundo, y encuentra las puertas de la universidad cerradas con cadenas, y un vehículo (nunca supe si era un camión, una combi, no lo sé) volteado en frente de dichas puertas.
Quiero que proyecten esa imagen en sus mentes… de repente, alcanzan a sentir ese dolor, esa angustia, esa confusión de no saber qué está pasando. Esas lágrimas de ira que se me resbalaban por las mejillas… al ver a aquellos que nos impedían ingresar al campus, nuestros propios compañeros…
Ellos decían tener una razón para todo esto. Veamos, pues.
Mi historia
La historia oficial nos dice que a raíz del fraude electoral ocurrido en las elecciones de Rector a mediados del año 2004, un movimiento de estudiantes decidió tomar el campus de la UNI a modo de protesta. En especial el Pabellón Central, sede del rectorado, hecho recordado por los estudiantes con máscaras de “Hombre Araña” que participaron.
Mi historia dice que, cuando por fin logramos ingresar al campus, los estudiantes de mi facultad, incluyendo amigos muy queridos, apoyaron la “huelga de lápices caídos” y se rehusaron a entrar a clases… negando uno de los propósitos de la existencia de las universidades, o sea la formación de profesionales para el beneficio del país (opinión debatible por supuesto). Cerrando las aulas, sacando las sillas de los salones (que yo sola iba reponiendo en algunos de ellos), todo para, según ellos, protestar contra el fraude.
La historia oficial dice que se organizaron marchas al Congreso, vigilias y asambleas para mantener la situación… durante 4 meses.
Mi historia dice que, muchos de nuestros compañeros aprovecharon este período de inactividad para jugar cartas durante las asambleas, o hacer hora en las marchas. Y lo que es peor aún, algunos se regocijaban en que “no había que estudiar”.
La historia oficial dice que Johana Cevallos dijo, cuando le pidieron que contrate los servicios de un abogado para conseguir que liberen a algunos compañeros suyos que fueron detenidos, dijo que le parecía bien su detención.
Mi historia dice lo siguiente:
1. Reiteradas veces advertí a mis compañeros que, por lo que más quisieran, no participaran en las protestas porque podían ser detenidos.
2. Mis compañeros en mención estaban jugando cartas en el momento en que fueron capturados por la policía. O sea, ni protestaban. Es responsabilidad de la policía pero también de estos chicos por exponerse a situaciones así. Hay que ser responsables de nuestros actos…
3. No conozco abogados y no tenía dinero en ese tiempo. Y mis padres sencillamente no querían apoyar causas que no comparten.
4. Dije lo que dije y no me arrepiento de lo dicho. Si te advierten reiteradamente y haces aquello que te recomiendan no hacer, pues atente a las consecuencias. Es como, valga la comparación, culpar a tu mamá de que tu novia salió encinta: ella te dijo que uses preservativo, no quisiste y bueno, vas a tener un bebé, lo quieras o no. A lo más ella puede darte apoyo emocional, pero no lo va a criar por tí, es absurdo.
La historia oficial dice que la mayoría de estudiantes apoyaban la Toma.
Mi historia dice que no fue así.
Clasesuniya
Si algo le agradezco a la Toma, es que despertó en mi un sentimiento de justicia y conciencia social, basado en mis creencias católicas y apolíticas, nacido de la angustia de ver batallas campales entre policías y estudiantes, de leer las opiniones negativas sobre los estudiantes UNI en los medios de comunicación, y sobre todo del hecho de ser una estudiante sin universidad.
Tras meses de estar encerrada en mi casa (pues, a diferencia de muchos, yo sólo iba de mi casa a la UNIversidad, y viceversa… siempre he sido una chica de familia y siempre lo seré), a punto de enloquecer (en serio!), decidí que tenía que hacer algo y ponerle un fin a esta situación. Al margen del tema del fraude electoral, sea quien fuere el Rector o los representantes estudiantiles, yo quería una cosa: el restablecimiento de las clases.
Mis herramientas: una laptop, una conexión a Speedy de banda muy ancha, el tiempo libre que debía haberle dedicado a mis clases universitarias, y unas ganas inmensas de devolver el orden al caos.
Ésto es lo que queda de Clasesuniya, quizá mi primera aventura en la Web. También había un foro. Ahí quedaron plasmados los mensajes de los valientes que también querían que la universidad retome sus actividades académicas. Al margen de posturas políticas e ideológicas, queríamos volver a las aulas. Nos dijeron mediocres, indiferentes, pero ahí seguimos, y un buen día de noviembre, logramos en votación que se restablecieran las clases.
Quiero creer que Clasesuniya y su foro pusieron su granito de arena en el Planeamiento Estratégico FIIS, quizá lo único que se ganó en todo esto.
Lo cual, claro, es una historia que otros deben contar.
En lo que respecta a mí, conocí a grandes amigos cuyos consejos me han apoyado a llegar donde estoy, y desarrollé mi personalidad y fortaleza. También admito que me hice conocida en la FIIS… conocida como alguien con convicciones firmes, tolerante de otras convicciones pero que no se deja influenciar fácilmente y menos cambiar de pensamiento como quien cambia de ropa.
Todo esto tuvo un precio, claro: perdimos un ciclo académico.
Hasta el día de hoy se dice que los que apoyaron la Toma, al final salieron ganando, ya que muchos de ellos se desempeñan en buenas empresas e interesantes puestos laborales. Puede que sea consecuencia, o puede que sea casualidad. Lo que sí sé es que, el que se involucró, ya sea de la forma que fuere, logró templar su carácter y eso vale.
Eso sí, jamás apoyaré una Toma y desde este humilde blog, sepan que quienes busquen restablecer las actividades académicas en un ambiente universitario dividido por luchas con o sin razón, tendrán en mí a alguien que les apoye y trabaje con ellos para lograr este fin. Que nadie más derrame lágrimas al ver a estudiantes ser agredidos y éstos agrediendo a su vez, que ningún otro universitario vea detenido sus exámenes por la incursión de policías en el campus.
Las universidades son entes universales, lo sé, pero sin la enseñanza académica, pierden una de sus razones de ser. Si puedo poner mi grano de arena en ello, que así sea.
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