En principio, son varios problemas. Yo lo soy, y así como me encanta conocer a personas que poseen mis virtudes (gente increíblemente culta, por supuesto... déjenme echarme flores, pues!!), me desespera, es más, me saca de mis casillas conocer gente con mis defectos. No soporto trabajar con gente perfeccionista, es como verme en un espejo y, además de lo fastidioso que resultan las indecisiones y desidias de dicha gente (he ahí los otros problemas), me invade un terrible sentimiento de culpa al ver cómo, seguramente, he actuado en alguna ocasión.
Las personas perfeccionistas tienden a... bueno, tendemos a dos cosas, que ya mencioné: a la indecisión y a la desidia. Y luego vienen los problemas-consecuencia: las tardanzas, los olvidos, la negligencia (horror!), etc. etc. ¿Cómo así? Les pongo un ejemplo típico: estoy redactando un documento, pero no salió como yo quería, entonces me invade un malestar casi físico (el hormigueo del perfeccionismo, le llamo yo) y me pongo a hacerlo de nuevo, de madrugada, hasta que yo sienta que está bien. Consecuencia: sí, quedó como yo quería, pero llegué tarde a trabajar al día siguiente, estoy cansada por la amanecida, me pongo de mal humor, y en el peor de los casos, el documento no salió como debía ser (distinto a lo que yo quería, porque no necesariamente debe ser igual). O me demoro decidiendo si lo voy a hacer de nuevo o no, para luego no terminar el trabajo a tiempo. O no lo hago, que es peor, porque siento que no lo voy a hacer como se debe.
A lo que voy es que, si alguna vez se han sentido así, tratemos de ignorar ese hormigueo, que, creo yo, es un mal que invade al mundo y hace a veces hasta más daño que una enfermedad física. Porque no sólo aplica a las cosas cotidianas; ahí tenemos a la chica a la que dejó al muchacho que la quería, por la ilusión del "hombre perfecto" y que luego se quedó sola; a la otra chica que es anoréxica porque en su mente, su cuerpo no es perfecto; al joven que se droga para poder estudiar sin dormir y mantener sus notas altas. Claro que yo no llego a esos extremos, pero sí creo que podría hacerlo si no fuera por mi educación y porque soy consciente de que no está bien llegar hasta ahí.
Creo que ya escribí del tema antes, pero es algo recurrente en mi vida, y esta vez la inspiración vino a mí tras romper ocho hojas, porque la tira de cinta adhesiva que había pegado en ellas no era del tamaño correcto. Pequeñas tragedias de la vida, como suelo decir yo.